Los Masai , nómadas de las llanuras


Tradicionalmente, los masái han sido pastores nómadas que viven en las llanuras abiertas.

Su vida y su cultura tradicionales giran en torno a su ganado vacuno, en el cual cifran principalmente la riqueza, y se trasladan a donde las condiciones sean mejores para sus reses. Crían, además de ganado vacuno, cabras, ovejas y asnos.

Recolectan algunas especies vegetales autóctonas como el aloe vera, que emplean para las quemaduras, pero, por lo general, no se dedican a la agricultura. La creación de fronteras y de límites territoriales impuestos forzó algunos cambios en su estilo de vida, aunque no tan drástico como en el caso de otros pueblos nómadas.

Los masai han desarrollado la capacidad de subsistir en el hostil y accidentado Valle del Rift. Con grandes zancadas recorren largas distancias en busca de pastos verdes y agua para el ganado, que se mezcla con las manadas de ñúes, cebras, jirafas y demás animales que deambulan por las llanuras.

Ellos creen que les pertenece todo el ganado de la Tierra. Hay una leyenda que relata que en el principio Dios tenía tres hijos, a cada uno de los cuales obsequió con un regalo.

El primero recibió una flecha para cazar; el segundo, una azada con la que arar, y el tercero, un cayado para guiar al rebaño. Fue este último, según la tradición, quien se convirtió en el padre de los masai. Aunque otras tribus poseen ganado, los masai creen que, en esencia, esos animales son suyos.

En la comunidad masai, la importancia y posición social de un hombre se mide por la cantidad de animales e hijos que posee. De hecho, a un hombre que cuente con menos de 50 cabezas de ganado se le considera pobre. Con la ayuda de sus numerosos hijos y esposas, el masai espera llegar a acumular un gran rebaño que puede llegar a alcanzar los 1.000 ejemplares.

Las familias masai sienten un gran cariño por sus animales y llegan a estar tan unidas a ellos, que conocen bien el sonido y el temperamento de cada uno. Por lo general, marcan el ganado con largas líneas curvas e intrincados dibujos que les sirven, además, para realzar su belleza. En sus canciones describen la hermosura de ciertos miembros del rebaño y el afecto que les tienen. Los toros de grandes cuernos curvos son muy preciados, y los terneros reciben las atenciones y los mimos de un bebé recién nacido.

Donde se encuentran?

Los masái son un pueblo estimado en unos 883.000 individuos, que viven en Kenia meridional, y en Tanzania septentrional. Hablan maa, que es una lengua nilótica oriental, si bien muchos de ellos son capaces de expresarse correctamente en suajili e inglés . La mayoría de los masáis mantienen su religión tradicional, aunque algunos han adoptado alguna forma de cristianismo.

Donde viven?

Los masái viven en asentamientos llamados manyattas,  dispuestas en un amplio círculo que resguarda un kraal, o corral interior, donde duerme el ganado durante la noche. La aldea se cerca todo alrededor con espinosas estacas puntiagudas, que protegen tanto a los masai como a su rebaño de las hienas, los leopardos y los leones, siempre al acecho.

Las chozas se construyen con unos ladrillos preparados a base de excrementos de animales, paja y barro a fin de impermeabilizarlos y endurecerlos, las suelen hacer las mujeres. Las paredes interiores son alisadas y posteriormente ahumadas. Suelen contar con diminutos tragaluces, pero no ventanas.

La supervivencia de este pueblo depende de la salud y fortaleza de sus animales. De ellos obtienen la leche para su consumo y el excremento con el que recubren las chozas.

Rara vez matan al ganado para alimentarse, salvo de vez en cuando alguna oveja o cabra. Ahora bien, cuando lo hacen, no desperdician nada. Los cuernos los emplean como recipientes; con las pezuñas y los huesos hacen adornos, y curten la piel para confeccionar calzado, ropa, coberturas para dormir y cuerdas.

Altos y de facciones finas

Esbeltos y de facciones finas, los masai son un pueblo bien parecido. Su holgada indumentaria es de colores atractivos. Telas teñidas de vivos tonos rojizos y azulados envuelven sus ágiles cuerpos. Las mujeres suelen adornarse con multicolores cintas del pelo y con grandes collares de cuentas, los cuales llevan colocados uno tras otro. En ocasiones se ciñen los brazos y los tobillos con gruesos filamentos de cobre. Hombres y mujeres por igual acostumbran alargarse los lóbulos de las orejas colgándose pesados pendientes y ornamentos de cuentas. También es habitual que decoren artísticamente sus cuerpos con una mezcla de sebo de vaca y ocre, mineral rojo que trituran hasta convertirlo en polvo fino.

Un dia en la aldea Masai

Durante el caluroso día, me siento con un grupo de mujeres masai a la sombra de una acacia y las observo coser cuentas en pieles curtidas, en las que forman intrincados dibujos. Su alegre conversación, mezclada con las risas, les impide percatarse de lo que ocurre encima de su cabeza: unos tejedores cotorrean mientras construyen los nidos con briznas secas de hierba. A lo largo del día, las mujeres también buscarán agua, recogerán leña, repararán su vivienda y atenderán a sus pequeños.

Cuando el calor del sol comienza a declinar, los pastores emprenden el camino de regreso con el ganado. Los animales, que se dirigen a casa con paso lento y pesado, levantan una nube de polvo rojizo que es iluminada por los rayos de la tenue luz ámbar del sol. Las mujeres, al ver la polvareda en la distancia, abandonan de inmediato sus tareas y se disponen a recibir al rebaño.

Una vez encerrado el ganado en el corral, los hombres caminan entre los animales acariciando los cuernos de los toros y admirando su belleza. Un niño agarra la ubre de una vaca y dirige un chorrillo de leche tibia a la boca, pero su madre lo reprende al instante. Las muchachas, que van y vienen entre el laberinto de cuernos y pezuñas, ordeñan las vacas con destreza, hasta llenar a rebosar las largas calabazas que hacen las veces de lecheras.

Está oscureciendo, y nos acurrucamos alrededor del fuego, que nos calienta del frío nocturno. El ambiente se impregna del olor a humo y a carne asada, así como del fuerte olor que desprende el rebaño cercano. Un anciano se sienta y narra episodios de la historia masai y de las acciones heroicas que protagonizaron antaño los guerreros de la tribu. Solo el rugido de un león en la distancia logra interrumpirlo, pero, tras una pausa breve, reanuda con actitud indiferente su elaborado relato para deleite de su público. Al final, uno tras otro, todos desaparecen en la oscuridad de sus abovedadas chozas de tierra para acostarse. La leve respiración del rebaño dormido rasga el silencio de la oscura noche en la remota sabana africana.

Los niños

Temprano en la mañana, el poblado retoma el bullicio. Los niños, cuya indumentaria se limita a cinturillas y collares de cuentas, juegan a pesar del frío. Su risa constituye un agradable sonido para los masai, quienes aman a sus hijos. De ellos dependen sus esperanzas futuras y su mismísima supervivencia.

La crianza de los hijos es una labor comunitaria: cualquier persona mayor puede disciplinar y castigar a un niño desobediente. A los pequeños se les enseña a respetar a sus ancianos y a seguir las demás costumbres familiares, que no tardan en aprender. Pasan una infancia despreocupada, pero andando el tiempo, las muchachas aprenderán a atender las tareas domésticas, y los muchachos, a cuidar y proteger el ganado. Asimismo, los padres transmiten a sus hijos el conocimiento de las medicinas tradicionales y les enseñan los rituales y tradiciones masai, que abarcan todo aspecto de su existencia.

Cuando se convierten en adultos

Al crecer, los jóvenes aprenden las costumbres y ceremonias que marcarán el paso de la infancia a la madurez, como los rituales de enfermedad, mala suerte, matrimonio y muerte. Los masai creen que si no siguen tales ceremonias, incurrirán en maldiciones.

Es posible que los padres concierten el matrimonio de su hija mientras es una niña con un hombre que tenga ganado suficiente para satisfacer la dote exigida por el padre. Por lo general, el elegido es mucho mayor que ella y tiene ya varias esposas.

En cuanto a los muchachos, a medida que crecen, se va estrechando su relación con los demás varones de su generación, una relación especial que puede durar toda una vida. Juntos dejarán de ser jóvenes inexpertos y se convertirán en guerreros que asumirán las tareas de proteger la casa, velar por el suministro de agua de la comunidad y defender el rebaño de animales salvajes y ladrones. Famosos por su intrepidez y valentía, jamás se les ve sin su afilada lanza.

Cuando tienen unos 30 años, los guerreros entran en la última fase de su transición a la madurez. Con gran emoción y ceremonia, se les inicia en la vida de ancianos, y ya se les permite casarse. Alcanzada esta condición respetada, se concentrarán en elegir una esposa y aumentar su rebaño. También se espera que actúen de consejeros y medien en las disputas.

Futuro incierto

Es una pena ver como actualmente están desapareciendo con rapidez las costumbres y cultura singulares de los masai. En ciertos lugares ya no pueden deambular con libertad con sus animales en busca de nuevos pastos.

Grandes extensiones de tierra que formaban parte de su territorio se han transformado en reservas naturales, en terreno agrícola o en zona urbanizable donde construir viviendas para alojar a una población cada vez mayor.

Las sequías y las dificultades económicas están obligando a muchos masai a vender su estimado ganado para subsistir. Sin embargo, cuando se trasladan a las grandes ciudades, se topan con los mismos problemas que plagan el resto del mundo moderno.

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3 pensamientos en “Los Masai , nómadas de las llanuras

  1. Los massái son sobrevivientes de cambios climáticos anteriores…Deberíamos aprender de ellos, y no dejar que los desaparezcan sistemáticamente con políticas neoliberales que, a la larga, nos hará sucumbir como civilización…Saludos!

  2. Que articulo más extenso y bonito ni en un documental ¡caray! mejor explicado imposible me he quedado embobada leyéndolo y las fotografías preciosas.
    Como ya están aquí las fiestas y tal vez no este mucho por la net te deseo que lo pases muy bien con los tuyos y no te atragantes con las uvas (lo digo por experiencia) je je un saludo 😀

    • Jajajajaja, gracias!…. felices fiestas a ti tambien. Uis yo con las uvas siempre voy despacito, le tengo respeto al temita ese de atragantarme!

      Un saludo simpatica 🙂

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